Diciembre 12, 2009
Mi cordura…. nop, mi tranquilidad, mi estabilidad, mi libido, mi cuñada, están en peligro. Un promedio de cuatro horas diarias en el transporte público puede hacer eso; se puede inventar parientes políticos, por ejemplo. Qué amalgama de pensamientos efímeros en el bus, es como si se quedaran en el especio afuera del bus mientras éste avanza. Creo que en la 75 con 15 pensé algo muy ingenioso y esclarecedor; me podría devolver la trayectoria y encontrar mi pensamiento flotando entre las luces de navidad de la calle. Tal vez es obsceno, y los papás les están tapando los ojos a los niños. Al recogerlo, me excusaría: “en realidad no es idea mía, sólo soy una víctima más de los medios”. Estaría mintiendo, por supuesto. También tuve un stream of consciousness intempestivo y pendenciero, alevoso, como los de antes. Decidí que prefiero morir a vivir sin Luisa. Después decidí que prefiero vivir a dejarla sola. Aunque nunca he deseado morir, siempre me sorprende cuantas personas aseguran haberlo deseado alguna vez. Siempre he querido vivir; a veces he querido vivir con rabia, con odio, mejor dicho, con el enfoque un poco retorcido. No era el hecho de vivir lo que implicaba rabia y odio, sino el hecho de quererlo. El verbo querer. Mira que hay que tener huevo para imponer un stream of consciousness. Cosa más pretenciosa no se me ocurre. Pero qué cosas más interesantes cuadran bajo ese rotulito: William Burroughs' Naked Lunch, Jack Kerouac's On the Road & Visions of Cody, Ken Kesey's One Flew Over the Cuckoo's Nest, Thomas Pynchon's Gravity's Rainbow, Clarice Lispector’s todo. Maldito Google. Paréntesis: siempre que veo felicidad y amor, veo/siento el flash de una bala o de un automóvil que se pasa la roja. Oh, queda taaanto Chi Kung para librarme de mí. Ahora, en esta vida de luchas y espantos, de trabajar 8, 9, 10, 12 horas diarias en un edificio, de abrazar árboles que pronto estarán en el suelo, de no envejecer sino caducar, de escoger una identidad cuando ni siquiera tienes suficientes pelos en el culo para que se te enrede y seque la mierda y tengas que arrancártela en la ducha y lagrimear de dolor debajo del chorro de agua helada que algunos centavos de gas podrían entibiar y hacer tu vida un poco más fácil desde que te levantas. En medio de todo eso, pocas cosas parecen más absurdas que escribir. Pero, mientras venía en el bus (fuente de transpiración), recordé aquella sensación que ahora es esta, una de libertad y maravillosa irresponsabilidad sin escrúpulos. Para escribir hay que estar dispuesto a mojar el agua. En mis sueños, afuera de mi ventana hay un enorme mar rosado, y yo levito un poco más allá del alféizar, con una manguera en la mano.